La segunda edad media
La confianza en la ciencia hoy en día, es tal que, la humanidad ha depositado sus esperanzas en ella con fe ciega, como si de la religión se tratase.

Comentando con amigos y compañeros la inminente involución social y la catástrofe que se avecina, todos, sin excepción, me tranquilizan de la misma manera: “ya inventarán algo”. Si hubiera algo que inventar, ¿no estaría ya en el mercado, compitiendo con la tecnología actual? ¿Desarrollándose? ¿Ofreciéndose como alternativa? ¿No habrá acaso centenares de equipos de trabajo en todo el mundo buscando alternativas?
En los cinco meses que llevamos –cuando escribo esto- el barril de petróleo ha subido un 33% y, esto no es nada. Las sociedades emergentes de las grandes potencias amagadas, multitudinarias, superpobladas, populosas, incipientes, se están desarrollando a un ritmo que cuadruplica a la sociedad tradicionalmente avanzada: la occidental. Si hoy en China, por ejemplo, podemos estimar una población de 300 millones de personas que, encajarían en la clase media europea y que, han abandonado su tradicional medio de locomoción (la bicicleta), por un utilitario; si podemos ver cómo occidente hace ya años que produce tecnología e infraestructuras para oriente; como crecen en puentes, autopistas, ferrocarriles, ¿qué nos hace pensar que eso parará? ¿No es acaso razonable pensar que China, India y algún otro país con potencial de desarrollo llegarán a consumir tantos recursos naturales como occidente? Y, con la población que estos países poseen hoy en día y que crecerá imparable a pesar de las políticas de contención demográfica, debido fundamentalmente a una mejora sanitaria y de condiciones higiénicas, ¿no es razonable pensar que nos superarán en el consumo de materias primas en un plazo corto de tiempo?
Ya hace años que no se encuentran nuevos yacimientos que nos abastezcan. Las inversiones en búsqueda de nuevos pozos petrolíferos han descendido porque no hay dónde buscar. Sólo queda un lugar en el mundo, respetado de momento, en el que a no mucho tardar se le hincará el diente: los polos. Cuando los precios se disparen hasta multiplicarse por diez, cuando los recursos se agoten, cuando queramos seguir llenando el depósito porque hemos comprado la casa a cincuenta kilómetros de nuestro trabajo y hemos de ir todos los días; entonces, ya no parecerá un disparate perforar los casquetes polares en búsqueda de petróleo: y, se encontrará; habrá recursos para una nueva temporada; quizá treinta o cincuenta años más, ¿quién sabe? Entonces, y hablo de cien años o menos, ¿qué ocurrirá? Todos los que confían en la ciencia, no piensan en que no es sólo el combustible lo que se utiliza del petróleo: vivimos rodeados de petróleo. Cuando las materias primas sean otras, todo encarecerá: el petróleo es –hoy- barato.
Los juguetes que se ven en las ferias del automóvil: vehículos de baterías, de hidrógeno, de aire comprimido… ¿Alguien imagina un avión de aire comprimido? ¿Un barco a baterías? No sólo son automóviles y motocicletas lo que hay que mover: está lleno de transportes necesarios; más incluso que el nuestro. El transporte de mercancías vivirá una época extraña, ¿cómo llegarán las materias primas de una punta a otra del mundo? ¿Quizá en veleros?
No hay alternativa; hoy no la hay. Quemar recursos que se encuentran en el subsuelo es barato; mientras abunden al menos; cuando haya que producir el combustible dejará de serlo. ¿Se puede producir un combustible? La reacción química se duplica: hemos de quemar un producto que previamente ha sido fabricado: ¿es eso rentable? ¿Puede llegar a serlo? Parece que no. El proceso de generación de hidrógeno para los cohetes es carísimo en proporción a la energía que se obtiene. Eso es sostenible cuando se trata de misiones espaciales pero, ¿para mover una motocicleta? Además, es un combustible peligroso: ¿qué ocurrirá en la colisión de dos automóviles movidos por hidrógeno?
Las cosas se ponen feas: mover un barco de alto tonelaje, levantar un avión del suelo, requieren mucho combustible y, no hay alternativa. Las energías renovables producen cantidades irrisorias de potencia; nada que hacer. El fin del transporte mundial está cerca: a unas décadas, quizá una centuria, no más. Viviremos una nueva era de incomunicación, una nueva era en que viajar a un país vecino será cosa de aventureros, no del común mortal. El escaso combustible que haya a precio carísimo será para los gobiernos, para los transportes públicos y, eso mientras dure que, también acabará. Se volverá al ferrocarril que, tiene fuentes varias de energía y, en caso de ponerse muy negro se puede volver al vapor: carbón hay, al menos para unos miles de años; o, eso dicen. Al ritmo actual de consumo, parece que la reserva carbonífera es la única solución, pero claro, sólo sirve para este tipo de trasportes, un vehículo personal no parece concebido para este combustible.
La producción eléctrica aún aguantará: dispone de alternativas. Además de poder sustituir el petróleo por uranio de momento, ya que las reservas de uranio son más pequeñas aún que las de petróleo, se puede recurrir de nuevo al carbón que, hoy por hoy, es la única alternativa seria al petróleo. Aunque todo tenga un fin, pero ya… más lejano.
Entonces, cuando no podamos movernos de un radio muy pequeño de nuestro hogar; cuando los trabajos hayan cambiado tanto debido a la falta de movilidad; cuando no podamos comer lo que comemos hoy en día que, procede en muchos casos de otros continentes, cuando nuestra relación con el mundo lejano se resuma a la televisión, a internet, al teléfono, cuando todo sea diferente, volveremos a la naturaleza, a nuestros orígenes, al campo, a los animales, al auto-abastecimiento, casi a la supervivencia. La vuelta al mundo rural. La segunda edad media.
Jesús Infiesta Saborit
27-5-2008
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Fabila - Información tecnológica y energías renovables
© Jesús Infiesta Saborit
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