Un kilo de naranjas más un limón

La sensación de abuso e, incluso de estafa, cada día merodea sobre mi, como buitre hambriento: no hay día que no tenga la sensación de que intentan timarme en cada compra que hago.

Conseguir acabar el día con la mente tranquila, el cuerpo relajado y en paz con uno mismo es difícil, mucho. Aunque hay días que me prometo verlo todo de color de rosa, creer que la gente es buena y que no intentan aprovecharse de mi a cada paso que doy, es costoso y dificultoso mantener la serenidad cuando uno sabe que está siendo víctima de un abuso, cuando se siente engañado y manipulado.

Ayer, sin ir más lejos, salí de casa cabreado, antes de firmar el contrato que me vinculaba a una caja de ahorros durante los próximos lustros. Ayer, entonces, fue una excepción: porque normalmente me doy cuenta del abuso cuando me lo están haciendo, pero en este caso, lo sabía de antemano. Compañeros de trabajo y amigos ya habían sido víctimas por lo que yo iba prevenido.

De nada sirve ir advertido, porque el enfado, el mal humor para todo el día, el sueño trastocado, no lo arregla nadie. Pero como yo soy revoltoso, garantizo que no sólo soy yo el que duerme mal ese día: el oponente duerme pero. Digo oponente porque es lo que parece. En lugar de ser un contratante (de la primera parte o de la segunda parte como diría Groucho Marx) parece el enemigo.

Voy al ejemplo sin más demora. Resulta que el contrato que yo pretendía con esta caja de ahorros, era un préstamo para comprar un piso. Como el banco no se fía un pelo de mi -ni tiene porqué- pues me propone que la garantía de devolución del préstamo sea el propio bien adquirido: el apartamento. Entonces, el contrato se convierte en hipotecario. Me prestan dinero, pero yo respondo con mi piso de la devolución. Conforme. Es normal que la caja de ahorros desconfíe: es un negocio (disfrazado a veces de beneficencia: sacan a chicos minusválidos jugando a no sé qué. Pobres, ¿qué sería de ellos sin estas cajas?).

Costó una o dos semanas que aceptaran el riesgo que conlleva prestar tantos euros a un pobre hombre como yo. Comité de valoración creo que llamó al grupúsculo de personas que me juzgaron; a las que hube de presentar mis miserias: léase nómina, declaración de I.R.P.F. y recibos de otros préstamos.

Al recibir el "placet" de la entidad, acudí a la firma del producto solicitado: el préstamo hipotecario. Ya quedaba poco para la firma de la escritura. Al ir a firmar, la empleada, me dice que además del préstamo, he de adquirir una libreta de la caja: razonable, entiendo que los pagos se hagan a una libreta de la propia entidad y no pongo pegas. Además, he de contratar una tarjeta de crédito, una de débito para mi y, otras dos para mi mujer. ¿Qué?, tengo tarjetas varias y no quiero ninguna más. La empleada se molesta, es normal contratar estos productos en una negociación de una hipoteca -me dice-. ¿Qué negociación? Si las condiciones las pone la caja. Si no ha modificado un ápice su planteamiento inicial. No sólo eso, si no que también he de suscribir un seguro para el piso con ellos. El seguro de incencios es obligatorio, pero lo que me pretenden hacer firmar lleva seguro en viaje (¿?), seguro de robo (¿de las vigas?, ¡si está vació!) y otras coberturas parecidas. Me pongo farruco, la chica de la oficina se molesta. Después de una acalorada discusión me ofrece que sólo uno contrate las tarjetas y que el seguro lo puedo hacer en otro sitio. Como las tarjetas en total son 24€ y las daré de baja en cuanto pueda, acabo tragando. ¡Qué remedio! ya no tengo tiempo para buscar otra cosa, la semana que viene escrituro.

Pero, no acaba ahí. A la hora de firmar, uno de los papeles que se ponen en la montaña de "firmables" es mi cesión de datos a la caja de ahorros para que hagan con ellos literalemente lo que les venga en gana. No estoy ya de humor y consiento. Agotador.

Quizá algún día, cuando vaya a la frutería, el frutero me diga que si quiero comprar un kilo de naranjas, he de llevar también un limón, y si no, nada de nada. O el peluquero se empeñe en teñirme de rojo si quiero cortar el pelo. ¡Pero si es lo normal, todo el mundo se deja teñir cuando los pelo! Y sólo cuesta unos pocos euros más. Sí, pero yo sólo quiero las naranjas.

Jesús Infiesta Saborit.

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© Jesús Infiesta Saborit

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